

Las licencias abiertas, como GPL, MIT o Apache, otorgan cuatro libertades básicas: usar el programa para cualquier fin, estudiar cómo funciona, modificarlo y redistribuir copias, con o sin cambios.
Cada licencia define condiciones distintas sobre la propiedad intelectual: algunas obligan a publicar las modificaciones bajo la misma licencia, otras permiten integrarlas en productos comerciales cerrados.
Ejemplos conocidos: el sistema operativo Linux, el navegador Firefox, la suite LibreOffice y la base de datos PostgreSQL.
Código abierto no es lo mismo que dominio público: el código tiene autor y tiene licencia, y esa licencia impone condiciones que hay que respetar.
Tampoco equivale a software gratuito: un programa puede distribuirse sin cargo y tener el código cerrado, y un programa de código abierto puede venderse a un precio.
Una PyME evalúa implementar un sistema de gestión de código abierto.
La licencia cuesta 0 dólares, pero el proyecto completo no:
El primer año cuesta 11.600 dólares y los siguientes 3.600, aunque la licencia sea gratuita.
Por eso la comparación correcta entre alternativas nunca es el precio de la licencia, sino el costo total de operar el sistema: licencias, infraestructura, soporte y actualizaciones.
Al elegir una aplicación de gestión, el modelo de licenciamiento define quién se ocupa de qué.
Con código abierto autogestionado, la empresa asume servidores, respaldos y actualizaciones.
En el modelo SaaS, esas tareas quedan incluidas en la suscripción y el proveedor las resuelve.
Ninguna opción es mejor en abstracto: depende del equipo técnico disponible, del presupuesto y de cuánta personalización necesita la operación.
Entender qué incluye cada modelo evita sorpresas de costos y de responsabilidades después de la implementación.