La diferencia entre cerrar y perder una venta se juega en las preguntas, no en el catálogo de productos.
Paul Cherry ordenó esas preguntas en Questions That Sell: The Powerful Process for Discovering What Your Customer Really Wants, publicado por AMACOM en 2006 y reeditado en 2017.
Cherry dirige Performance Based Results, una firma de entrenamiento comercial, y armó el libro como un catálogo antes que como una teoría.
Acá recorremos los seis tipos que propone y el momento de la conversación en que va cada uno.
Porque el argumento afirma algo que el cliente todavía no pidió, y la pregunta lo lleva a decirlo con sus propias palabras.
Un cliente que describe su problema en voz alta queda más cerca de resolverlo que uno que escucha una descripción ajena.
Cherry llama a las buenas preguntas misiles que buscan la verdad.
La imagen sirve por un motivo: un misil vale si está bien apuntado, y una pregunta también.
Preguntar mucho no es preguntar bien: un proceso de venta lleno de preguntas sueltas cansa igual que un discurso.
El libro enumera lo que una buena pregunta produce del otro lado de la mesa.
Los dos últimos son los que más suelen faltar en una reunión inicial.
Sin ellos, un cliente potencial entusiasmado se convierte igual en una propuesta que nadie aprueba.
Consejo: antes de la próxima reunión, escribamos las tres preguntas que queremos hacer y dejemos la presentación para después.
Es una pregunta que aporta un dato mientras indaga, y sirve para instalar un criterio sin sonar a discurso de venta.
El cliente recibe información nueva y, al responder, cuenta cómo lo vive en su empresa.
La estructura es siempre la misma y se puede copiar tal cual.
Leí en [fuente y año] que [dato]. Cómo se compara eso con lo que están viendo ustedes?
Lo importante es que la fuente se pueda nombrar.
Un dato sin origen convierte la pregunta educativa en una opinión disfrazada, y el cliente lo nota enseguida.
Cherry acota su uso a cuatro situaciones.
El libro pone un techo claro: una por reunión.
Más que eso empieza a parecer folleto.
Consejo: guardemos dos o tres datos de fuentes citables por trimestre y usemos uno solo por reunión.
Con lo que Cherry llama preguntas de anclaje, que se enganchan a una palabra concreta de la última respuesta y tiran de ahí.
Evitan quedarse en la primera respuesta, que casi siempre es la superficial.
En inglés el libro las llama lock-on questions, que es lo que hace un radar cuando fija un blanco.
No son preguntas de seguimiento en el sentido de volver a llamar la semana que viene: son preguntas que no cambian de tema mientras quede algo por entender.
Se ve mejor con el par completo.
Cliente: venimos intentando arrancar este proyecto hace meses. Anclaje: escuché la palabra intentando. Qué funcionó hasta ahora y qué lo frenó?
Cliente: buscamos un socio, no un proveedor que solo quiere vender. Anclaje: qué significa socio para ustedes en el día a día?
Cliente: tuvimos muchos problemas con el proveedor actual. Anclaje: cuáles de esos problemas se repitieron más veces?
Los tres funcionan igual: se repite la palabra del cliente y se pide el detalle que hay debajo.
Es el tipo de pregunta que más rápido se pasa de rosca.
Encadenar tres o cuatro anclajes seguidos hace que la reunión se sienta como un examen.
El libro pone dos condiciones: que ya exista confianza y que haya interés real en entender, no en encontrar una grieta.
Consejo: alternemos un anclaje con una pregunta amplia, y no encadenemos más de dos seguidos.
Con preguntas de impacto, que no indagan el problema sino sus consecuencias.
Es el paso que convierte una molestia tolerada en una razón para firmar, y el que más se saltea.
Cherry separa el impacto en tres niveles, y los tres importan.
El tercero es incómodo y suele ser el que mueve la decisión.
Todas buscan que el cliente ponga un número o una escena.
Qué pasa en la empresa si este año no hacen nada al respecto?
Cuánto tiempo por día se va en resolver eso a mano?
Qué harían con ese tiempo si volviera a estar disponible?
Cuánto costó la última vez que el problema se descontroló?
La mayoría de los clientes nunca hizo esa cuenta.
Hacerla en voz alta durante la reunión es lo que después sostiene la cotización frente a una objeción de precio.
Es también lo que separa una oportunidad real de una conversación agradable que nunca avanza.
Consejo: anotemos el número que dijo el cliente con sus palabras exactas, porque lo vamos a necesitar en la propuesta.
Ese número, esa frase y esa fecha tienen que quedar en algún lado que no sea una libreta. Compara los planes de EGA Futura ERP y mira dónde vive la información comercial de tu empresa.
Cambiando el verbo de apertura: las preguntas de expansión piden un relato en lugar de un sí o un no.
La regla del libro es simple: cuanto más cuenta el cliente, más fácil resulta entender dónde ayuda el producto.
Ninguno admite una respuesta de una palabra, y ahí está el truco.
Las preguntas de siempre tienen su versión expandida.
La tercera es la que más cambia el resultado, porque desarma la discusión de precio antes de que empiece.
Para ese momento puntual hay material específico en tácticas psicológicas para ganar una negociación.
Consejo: tomemos las cinco preguntas cerradas que más repetimos y reescribámoslas con uno de esos verbos.
Revela prioridades, porque comparar obliga a ordenar y ordenar deja ver qué importa más.
Las preguntas de comparación ponen dos escenarios uno al lado del otro y dejan que el cliente elija.
El libro trabaja seis ejes, cada uno con su pregunta típica.
La de proveedores es la más productiva de las seis en una primera reunión, porque deja al cliente definiendo el criterio con el que después va a evaluar la propuesta.
Una pregunta directa sobre lo que no funciona suena a auditoría.
La misma información pedida como comparación suena a conversación entre pares, y sale sola.
Es el principio que sostiene las estrategias de venta a empresas grandes, donde nadie confiesa un problema en los primeros quince minutos.
Consejo: cerremos toda reunión inicial con la pregunta de proveedores, porque deja escrito el criterio de decisión.
Con preguntas de visión, que proyectan el escenario sin el problema y le piden al cliente que lo describa.
Son las últimas de la secuencia y no funcionan si antes no hubo preguntas de impacto.
Casi todas arrancan con un si condicional.
Si ese costo desapareciera el año que viene, qué cambiaría en la empresa? Y para el equipo que hoy lo resuelve a mano?
El número que va en esa pregunta no lo pone el vendedor.
Sale de lo que el cliente calculó en la etapa anterior, y por eso no se discute.
Las explícitas se dicen sin que nadie las pida: ahorro de costos, cuota de mercado, rentabilidad.
Las implícitas son personales, casi nunca se enuncian y son las que terminan inclinando la decisión.
Cherry las agrupa en siete.
La necesidad de sentir que el trabajo rindió al terminar el día, presente en quien habla de cerrar temas o de facturar más.
La necesidad de decidir sin pedir permiso, presente en quien menciona que su jefe confía o no confía en su criterio.
La necesidad de que el equipo valore lo que uno aporta, presente en quien insiste con el esfuerzo que puso o con ideas que nadie escuchó.
La necesidad de no quedar expuesto, presente en palabras como preocupado, inseguro o dudoso.
La necesidad de hacer algo desafiante, presente en quien dice que se pasa el día apagando incendios.
La necesidad de saber que todo está cubierto en su área, presente en quien pregunta detalles técnicos y vuelve una y otra vez sobre los plazos.
La necesidad de que las cosas sean fáciles, presente en quien pide que el cambio no le complique la vida a nadie.
Detectar cuál de las siete pesa más en quien tenemos enfrente vuelve creíble la promesa.
Consejo: anotemos junto a cada contacto cuál de las siete necesidades le vimos, y revisemos si la propuesta la contempla.
El orden natural es educativa, expansión, comparación, anclaje, impacto y visión, aunque ninguna reunión sale prolija.
Lo que sí es fijo es que visión va última y que impacto va antes.
La educativa abre y fija un criterio, la expansión y la comparación traen el panorama, el anclaje profundiza donde apareció algo, el impacto le pone precio y la visión proyecta.
Ese recorrido explica bien por qué avanza una oportunidad y por qué otra se queda quieta en el embudo de ventas.
Sin impacto, la pregunta de visión suena a promesa de folleto y el cliente la escucha como tal.
Con impacto, la misma pregunta usa el número que él mismo puso quince minutos antes.
Esa diferencia separa una conversación que llega al cierre de la venta de una que se apaga sola.
El método se lleva bien con otras lecturas del mismo terreno, como las tácticas de venta que usan los expertos y lo que conviene hacer cuando el comprador dice que no.
Consejo: revisemos las últimas cinco propuestas perdidas y busquemos en cuántas faltaba el número del impacto.
Todo este método produce información que se pierde si vive en la memoria de una persona.
La respuesta a una pregunta de impacto es un dato de negocio y necesita dónde quedar guardado.
En EGA Futura ERP esa información se registra sobre la oportunidad, asociada a la cuenta y al contacto con el que se habló.
La cronología de actividad guarda cada interacción en orden, así que la frase que dijo el cliente en marzo sigue estando en septiembre.
Con esas respuestas registradas, la propuesta se arma con las palabras del cliente y no con las del vendedor.
Es el mismo motivo por el que conviene revisar cómo elegir un CRM sin fracasar en el intento antes que agregar otra planilla.
Consejo: definamos tres campos obligatorios en cada oportunidad, y que uno sea el costo del problema según el cliente.
No hay un número fijo, pero el libro recomienda una sola pregunta educativa por encuentro. En la práctica, entre seis y diez preguntas bien elegidas alcanzan para una reunión de una hora. Más que eso convierte la conversación en un cuestionario.
Ese es el síntoma de una pregunta cerrada mal formulada. La salida es reformularla con un verbo de expansión, del tipo describan, expliquen o compartan conmigo. Si aun así no se abre, conviene volver a una pregunta amplia sobre el negocio.
Las educativas y las de expansión funcionan bien en mensajes cortos y en llamadas breves. Las de impacto y las de visión necesitan una conversación en vivo, porque dependen de que la otra persona se detenga a calcular. Forzarlas por escrito suele producir respuestas vacías.
La de expansión abre un tema nuevo y pide un relato completo. La de anclaje se queda dentro de la última respuesta y pide el detalle de una palabra concreta que el cliente acaba de usar. Una amplía el mapa y la otra baja al terreno.
Es lo más habitual, y no es un obstáculo sino la oportunidad de la reunión. Conviene ayudarlo a estimarlo en voz alta con dos o tres variables simples, como horas por semana o pedidos perdidos por mes. El número aproximado que salga de ahí vale más que cualquier cifra que aporte el vendedor.
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